La Polinesia está más cerca de lo que los malagueños podrían pensar. Al menos, una imitación de la misma, ha cambiado los mares del sur por el mediterráneo. Un hotel temático, situado enfrente de la playa Torre de Benalmádena y llamado Holiday Polynesia, pretende recrear el ambiente de las islas de Bora Bora, Samoa y Pascua para que sus visitantes se sientan lo más lejos de casa posible, sin el ‘incordio’ de viajar las pertinentes horas en avión.
Si se está pensando hacer una escapada otoñal, la oferta de spas en la provincia es amplia. En concreto, para los amantes de lo foráneo, este hotel ofrece sumergirse no sólo en las burbujas de un spa, sino ser casi ‘hechizado’ por ‘rituales y masajes polinesios’ al ritmo de la música del ukelele, contrarrestando el posible mal tiempo que pueda venir con paquetes vacacionales para parejas de ‘románticos’, o familias ‘ecologistas’ que quieran pasear en bicicleta a precios más asequibles en régimen de todo incluido.
En el hotel, el personal no es nativo a excepción de uno de los cocineros que sí es polinesio, pero todos intentarán que el cliente se sienta como en una de estas islas paradisiacas y se sorprenda al escuchar palabras como ‘maeva’, que significa ‘bienvenido’. En el hotel, inaugurado en mayo de este año, abunda la vegetación. Los visitantes pueden sentirse como verdaderos aventureros atravesando un puente colgante y observando los altísimos techos en la recepción con falsos árboles gigantescos a modo de vigas de los que caen cascadas de agua hasta un lago con peces, todo ello dentro del edificio.
La directora del hotel, Josefa Corbacho, muestra a elmundo.es los rincones de este inmenso hotel. “Este hotel está inspirado en uno de Las Vegas pero está mejorado”, dice Corbacho. Pasando por las zonas comunes se encuentran algunos muebles hechos con raíces de árboles importados desde Polinesia.
En cada una de las partes en las que se divide el hotel abunda la luz natural y hay habitaciones elegantes en su sencillez, que utilizan colores tierra y están bien equipadas. En la primera parte, Bora Bora, en el corredor hay tortugas. En Pascua, al paso se encuentra una pajarera con especies como los ‘agapornis’, con el sonido del agua de fondo. En Samoa, un jardín con imitaciones de esculturas polinesias y más habitaciones, algunas de éstas adaptadas a personas con minusvalías y todas tienen los números de las puertas en braille.
Abundan las zonas de ocio, dentro del hotel hay incluso una bolera. Todos los espacios tienen nombres polinesios y a las puertas, un cartel explicativo de sus significados. Hay muchos detalles en el hotel que hacen más agradable la estancia. Flores en las suites o adornos en piedra hechos por la escuela de bellas artes decoran este inmenso alojamiento.
Gastronomía y relax
La oferta no estaría completa si el entorno no estuviese maridado con buena comida y agua con burbujas, pero no para beber, sino para sumergirse. Dentro del Holiday Polynesia está el llamado Monoï Polynesian Spa, un recinto coqueto, limpio, bien equipado, y dista de otros de estas características en sus masajes, ejecutados por las manos de Carlos Garralón, un quiromasajista profesional que consigue dar a cada cliente lo que necesita. Entre los masajes más requeridos están el llamado Lomi Lomi de Hawai, que se da arrastrando los antebrazos y las manos al compás de la música de un mele con aceite de monoï y los rituales de flores dulces de Tiaré originario de Thaiti. “Una vez vino un hombre de Hawái y nos felicitó porque se lo dimos como allí”. Menos exóticos pero totalmente recomendables son sus masajes terapéuticos, con los que mediante movilizaciones, descontractura los músculos. “Nuestra filosofía es la manipulación sin dolor”, dice Garralón.
La mayoría de los clientes de este hotel son ingleses pero en épocas festivas también son muchos los españoles que se acercan, habiendo tenido una buena ocupación en su primer año de apertura según indica su directora. Si se busca mayor tranquilidad, es mejor evitar la temporada alta, ya que dispone de unas instalaciones idóneas para las familias con niños: tienen una zona del spa a la que pueden acceder los pequeños y hay una guardería, recreativos, actividades, mascotas que animan sus desayunos y un club de playa. También es espacioso y tiene buenas instalaciones para celebrar eventos.
En cuanto a qué comer, entre sus restaurantes destaca el polinesio llamado Ahimaha’a, en el que su carta ofrece cocina foránea pero con contrastes de sabores llamativamente familiares. Arroz con salsa de frutas tropicales y langostinos y hojaldre de vieiras con salsa de salmón y tomate son algunos de los platos que dan a la carta un carácter representativo y propio entre otros más corrientes. Sólo queda dejarse llevar hasta la hora en la que termine la estancia y despedirse con un ‘na na’, en polinesio ‘adiós’, de esta mezcla entre naturaleza aborigen y cemento, a la orilla del mar.
fuente/elmundo.es